martes, febrero 15, 2011

El Extraño Caso de Teodoro Candioti




Era viernes, a fines de enero de 2011, cuando recibí correo de Don Carlos Candioti, natural de Santa Fe, Argentina, pidiéndome retratar la lápida de Teodoro Candioti, antepasado suyo que vino al Perú en el siglo XVIII como Mayordomo Mayor del Palacio del Virrey a dejar en estas colonias la cimiente de su apellido por derecho propio, y sus huesos por ensañamiento ajeno. Habiendo realizado yo el registro gráfico de algunos cementerios patrimoniales, criptas y panteones, no me resulta inusual recibir algún pedido privado para la ubicación y retrato de la lápida de algún hidalgo de heroico legajo o de alguna dama de alegre historial, que sin más alternativa tuvo a bien dejar sus huesos en estas tierras y que por algún motivo resulta esquivo a la seria investigación genealógica o a la simple curiosidad de sus descendientes. Pagados honorarios y gastos, y mientras el ilustre finado acceda a quedarse quieto para la foto, normalmente acepto de buen grado y absoluta confidencia, tan extrañas asignaciones, mismas que en esta ocasión me llevaron a descubrir tan dramática historia tras una insulsa lápida y que me permito narrar a continuación:

El 5 de octubre de 1716, Carmine Nicolao Caracciolo, de origen Napolitano, 5º Príncipe del Santo Buono y Grande de España, a pesar de ser Italiano, toma posesión de su cargo como Virrey del Perú, con órdenes expresas del Rey de España de poner fin al contrabando francés y otros actos de corrupción que campean impunes en la administración el virreinato. Con él viene Teodoro Candioti, veneciano de origen Cretense afincado en España, como Mayordomo Mayor de Palacio, acompañado de su esposa e hijos.

Demás está decir que el Virrey no pudo vencer el contrabando ni la corrupción y en menos de cuatro años, para el 20 de enero de 1720, ya había dimitido. Las camarillas, conspiraciones y corruptelas en funciones, no sólo la tomaron contra el Virrey, sino también contra el pobre Mayordomo que, víctima de las intrigas de Palacio, fue a dar con sus pecados a los calabozos secretos de la Santa Inquisición acusado de tres graves delitos:

  1. - Estar circuncidado. 
  2. - Afirmar que San Moisés, fue un gran santo que tenía un altar en la parroquia de su pueblo. 
  3. - No acatar apropiadamente el ayuno en vísperas de natividad. 
Nunca sabremos si el gran eclipse total de 1720, que obligó a encender los candelabros de Lima a mediodía, lo vio con sus propios ojos o sólo escuchó el relato del suceso como rumor de calabozo, pues según consta en los Registros de la Historia de la Inquisición, para 1822 ya era huésped crónico de un santo calabozo, y cito textualmente:

“…había sido preso i puesto en cárceles secretas por los años de 1722 (i quizás antes) don Teodoro Candioti, vecino de Lima, al parecer de origen italiano, casado i con hijos españoles… En 13 de mayo de 1726, el alcaide de dichas cárceles hizo relación que dicho reo estaba enfermo del accidente epidemial que estaba corriendo en esta ciudad, y habiendo llamado al médico de este v Santo Oficio, por haberle sobrevenido un curso y estar descaecido, yí no queria admitir los medicamentos que le recetaba, por quitárselos del cuerpo, previno seria bien se le diese confesor por el riesgo en que estaba dicho reo, que asimismo le pidió, como le habia pedido muchas veces, estando sano y al alcaide dijese en el Tribunal, que si moría de dicho accidente, estaba inocente y que volviese por el crédito de su fama, de sus hijos y de su familia. Y en dicha audiencia, por auto se mandó citar al reverendo padre Alonso Masía, de la Compañía de Jesús, ex provincial y calificador de esta Inquisición, y estando en cama hizo el juramento acostumbrado en este caso, y advertido de lo mandado en la instrucción ochenta y una de f. treinta y seis vuelta, del año de mil quinientos ochenta y uno, entró en la cárcel número tres, en donde estaba enfermo dicho reo, con asistencia del alcaide, y le dio noticia de que venía a confesarle, y le respondió que estaba pronto pero que necesitaba de algún tiempo para prepararse y hacer una confesión general, citándole para la mañana del dia siguiente, y que dicho padre le exortó a que descargase su conciencia para no tener embarazo en ella, a que le respondió que los cargos que se le hacian se reducian a tres, el primero de un ayuno, que no era como decian, sino en la forma que se usa en su tierra la vijilia de Natividad, tomando un desayuno corto y no comiendo hasta la noche, que se ejecuta en una comida expléndida, asistiendo un sacerdote a bendecir la mesa; el segundo que había afírmado en una conversación que San Moisés era un gran santo, y que en su tierra, en una parrochia, se veneraba y estaba en un altar; el tercero, que le habian hecho cargo de que, estaba circuncidado, siendo falso, y así lo declaró dicho padre en dicha audiencia, y en la de catorce de dicho mes y año confesó a dicho reo, diciendo en ella después, que le había hallado muy tierno y contrito, sin expresarle fuera de la confesión cosa que debiese manifestar en ella. Y en la de diez y ocho de dicho mes y año, el alcaide dio noticia que el médico habia dicho que dicho reo estaba de mucho riesgo su vida, y que no se le dejase solo, y luego se ordenó que el nuncio citase a dicho padre para que visitase a dicho reo, y habiendo comparecido en ella, se le ordenó entrar en dichas cárceles y le visitase, y fecho, dio noticia que estaba muy a lo último y con poca esperanza de vida y muy conforme con la voluntad de Dios, y que le habia dicho que en lo que había leido en fray Luis de Granada, sabia que solo se podía salvar el hombre guardando la ley de Dios, con la gracia de Jesuchristo. Y en la audiencia de diez y nueve de dicho mes y año, el alcaide avisó que habiendo dejado a las once de la noche de el día antecedente algo mas aliviado de su accidente a dicho reo y en su compañía el preso que habia ordenado el Tribunal, volvió a las cinco de la mañana de dicho día a visitarle y le habia hallado difunto, y que el preso que le asistió, le dijo que habia ayudado y exortado a dicho reo, como cathólico christiano, y que habia muerto como a las quatro de la mañana, Y en dicha audiencia, por auto, se mandó que el secretario que asistió a estas diligencias reconociese e hiciese inspección para certificar y dar fee del estado en que se hallaba el cuerpo de dicho reo, y hecha esta diligencia, certificó en dicho día que habia visto en la cárcel número tres y reconocido un cuerpo difunto, en cama y entre sábanas, que al parecer era el de dicho don Antonio Candiotí; y luego, por otro, se mandó que por ahora y hasta la determinación de su causa, el cuerpo de dicho don Antonio Candiotí fuese sepultado en una de las sepulturas que para este efecto están asignadas en dichas cárceles, señalándola para que conste en la que fué enterado con asistencia de dicho secretario: así se ejecuto, como parece de su certificación, que está con dichas diligencias y en dicha causa” (1)

Si bien ya era malo ir a parar a las mazmorras del Santo Oficio, era peor aún hacerlo en medio de una gran peste que se llevó en 1726 de estas colonias, en viaje sencillo a los avernos, sin necesidad de visado y en un solo convoy, a más de 60,000 almas, incluida la de Teodoro Candioti. 

Algún buen e influyente amigo habrá tenido Teodoro Candioti en vida, pues para noviembre de 1728 se expide una carta, que obra en los registros de la Historia de la Inquisición ordenando se exhumen sus restos de los calabozos donde fueron enterrados, se les dé cristiana sepultura y se limpie su honor y el de sus descendientes tal como se puede leer en el siguiente fragmento de la respuesta que envía el tribunal del Santo Oficio:

Muy poderoso señor. En carta de veinte y cuatro de noviembre del año próximo pasado, de setecientos veinte y ocho, se sirve Vuestra Alteza, al último capítulo de ella, mandarnos hagamos sacar los huesos de don Teodoro Candioti, de la sepultura en que fue enterrado y se lleven a la iglesia parroquial secretamente, en donde se les dé sepultura sagrada y se siente la partida en el libro de entierros de dicha parroquia, el día en que murió, no poniendo en ella que murió en las cárceles, sino en esa ciudad, lo que se hiciese saber a la viuda y herederos por si quisiesen sacar dicha partida de su óbito, y que si dicha viuda o sus herederos pidiesen certificación de no obstarles la causa seguida contra dicho don Theodoro, no sólo se les diese de no obstarles para oficios públicos y de honra, sino también para oficios del Santo Oficio. Y en su cumplimiento, noticiamos a Vuestra Alteza que por la certificación que remitimos, con carta de veinte y tres de diciembre de setecientos veinte y siete, habrá constado a Vuestra Alteza la diligencia que ejecutamos de dar sepultura eclesiástica a los huesos de dicho señor don Theodoro, con todo secreto, en la iglesia del Colegio de Santo Tomás del orden de Predicadores, por cuyo motivo no se exhumaron los huesos para trasladarlos a la parroquia, pero se hizo asentar en el libro de entierros de ella, donde tocaba la partida de su entierro, en la conformidad que previene Vuestra Alteza, y pasando a noticiarlo a la viuda y herederos, resultó pedirnos luego certificación, la que se les mandó dar por un secretario del Secreto, en la conformidad que Vuestra Alteza nos manda en dicha carta citada. Asimismo presentaron las genealogías de don Antonio y don Juan de Candioti, hijos de dicho don Theodoro, pidiendo la gracia de familiares de esta Inquisición, la que nos pareció conveniente concederles, porque expresándose en la referida certificación que no les obsta para oficios del Santo Oficio, y teniendo la protección del Virrey y todo su palacio muy empeñado en favorecer a esta familia, recelamos que atribuiría a voluntaria negación nuestra lo que supondría muy regular el Orden de Vuestra Alteza, y así tuvimos por preciso despacharles títulos en la forma que en virtud de particular facultad del señor inquisidor General, en carta de seis de junio de seiscientos y setenta y seis, se acostumbra con los interinarios en este Santo Oficio, porque, aunque discurríamos excusarnos con el motivo de extranjería, todavía en el supuesto de dicha certificación y que no se atribuye la negación a impedir el orden de Vuestra Alteza y del empeño del Virrey, nos pareció no ser bastante para certificarle" (2)

Curiosamente la Iglesia del Colegio de Santo Tomás de los Padres Predicadores, que se menciona en esta misiva como lugar de sepulcro secreto de Teodoro Candioti; es posiblemente la Basilica misma, o alguna de las capillas del convento de Santo Domingo, y dista al menos una milla del Panteón de los Próceres, iglesia del Real Colegio de San Carlos, donde encontramos la lápida de don Teodoro Candioti. ¿Cómo llego hasta allí? o como dice la carta nunca se exhumaron sus restos, siempre estuvieron allí y solo se asentó su defunción en la parroquia del convento de Santo Domingo?

No me extenderé con la historia de sus tres hijos y su linaje que por mérito propio se hicieron de un sitial en la historia de Argentina y que resulta tan o más interesante que la del propio don Teodoro, pues es tarea que dejo a sus descendientes para que sea narrada con más seriedad y detalle. 

Si alguien quiere visitar hoy en día al infortunado Don Teodoro Candioti, vaya pues a la Capilla de San Antonio Abad, actual Panteón de los Próceres, en Lima, examine detenidamente el zócalo del lado derecho de la nave principal, a pocos metros de la entrada hay un vano con proclamas de bronce y mármol en los muros, y la tumba de don Antonio Correa Ureña en el piso, si se mira con más cuidado, en el lado derecho y directamente sobre el zócalo, está la descolorida lápida de Don Teodoro Candioti, Mayordomo Mayor de Palacio. Al visitarlo, si ha leído Ud. este artículo hágale una reverencia, o dos si además está Ud. circuncidado.

Texto y fotos © Carlos García Granthon



[1] José Toribio Medina, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Lima (1569 – 1820). p276 - 279. Santiago de Chile, Imprenta Gutenberg, 1887

[2] José Toribio Medina, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Lima (1569 – 1820). P 279- 280. Santiago de Chile, Imprenta Gutenberg, 1887

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